ALMENAS DE PALABRAS

lunes 28 de diciembre de 2009

El juicio

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Notaba el creciente palpitar de mi corazón desbocado contra las costillas. El dolor de la espera era peor que el que pudiese causar el veredicto. Podía ver a un chico entrar en una sala contigua, con su pelo rubio enmarañado, cuyo flequillo se enzarzaba en una trifulca territorial con el piercing en forma de aro de su ceja perfectamente depilada.

Mis manos sudorosas, se aferraban al frío metal de la silla de incómodo respaldo de aglomerado en el que me hallaba sentado.

Ya no recordaba cuánto tiempo llevaba en la misma postura. Sólo el intermitente hormigueo de mis piernas me avisaba de que quizás fuese demasiado. Decidí desentumecerlas un poco y me levanté entre crujidos de metal oxidado y suspiros de impaciencia. Parecía como si las personas que aguardasen como yo quisiesen, en solidaridad, apremiar al jurado, o tal vez como simple evidencia de su similar descontento.

La estancia de suelos de mármol quebrados y paredes de un blanco impoluto atestada de gente, recordaban a un tanatorio en Navidad, momento del año en el que más muertes se dan. Siempre pensé que el gordinflón de rojo con el reno ese de nariz brillante no podía tramar nada bueno entrando a hurtadillas por la chimenea. El pensamiento me hizo esbozar una sonrisa, que se desvaneció ante la severa mirada del alguacil que guardaba la enorme puerta de madera tras la que se celebraba el juicio.
Metí mis manos en el bolsillo de mis vaqueros, sacando mi cajetilla de tabaco y colocando el cigarrillo en la boca, deseando notar el humo entrando en mis pulmones, pero de nuevo el adusto gesto, seguido de un carraspeo de desaprobación del alguacil me instó a guardarlo y sustituirlo por un chicle de menta de solo dios sabe cuántos años de permanencia en aquel bolsillo. El sabor era rancio, pero al menos aplacaba ligeramente mi ansia.

El tic tac enfebrecido del reloj de esfera cromada de la pared frente a mí, me irritaba aun más y provocaba que gotas de sudor cayesen desde mi cabeza al suelo, incluso su golpear contra el suelo me parecía audible. Al fin el pomo de la puerta giró, sacando a todos de sus cavilaciones. Era como si el tiempo volviese a pasar a un ritmo normal, como salir de un trance o de un bucle temporal, como en esas películas que todo pasa enervantemente lento.

Tras escuchar mi nombre entré en la sala. No era como en las películas americanas ni nada parecido. Ni grandes bancos de maderas ni lujosas mesas labradas donde juez de peluca blanca mazo en mano y jurado popular decidiesen tu condena. Simplemente una mesa de aglomerado como el resto y unas cuantas personas ataviadas con sotanas al más puro estilo “Harry Potter”, lo que de nuevo me hizo levantar la comisura de los labios.

Empecé a escuchar las exposiciones del abogado de la acusación que con estudiados gestos de las manos, similares a los de los políticos de la tele hablaba del quebrantamiento de las leyes y la moralidad y bla bla bla. No prestaba demasiada atención, pues mi vista estaba puesta en la curvilínea figura unos metros a mí derecha. Oh, dios mío, aun en esas circunstancias lucía arrebatadoramente irresistible, con sus cabello negro cayéndole lacio sobre los hombros y sus ojos de obsidiana brillando como lunas llenas. Lo tenía todo, la delicadeza de una flor y la fiereza de un lobo y su belleza era igual de dual. Me partía el corazón ver sus manos esposadas como si de un animal se tratase y el simple hecho de pensarlo me hizo hervir la sangre.

La llamaron a declarar y ella, ni corta ni perezosa dijo que no tenía nada que añadir a lo que se hallaba recogido en el informe pericial.

Ni siquiera podía recordar nada, sólo a ella, a mí, unas cuantas cervezas, una noche de pasión y unos cuantos gramos de una droga cuyo nombre no puedo recordar. El armario abierto de la armería de mi padre, una estúpida apuesta y un titular al día siguiente que rezaba: Dos jóvenes en estado de embriaguez y bajo efectos de sustancias psicotrópicas acuden al instituto, arma en mano y disparan a sus compañeros, provocando graves heridas a varios de ellos y la muerte a un joven de su misma edad de un tiro en la cabeza. Una joven de 16 años permanece en coma…

--¡Culpables!—esa palabra me sacó de mis cavilaciones, pero no de mi ensimismamiento, solo podía suspirar y rezar para no volver a la realidad que atormentaba mi mente.

--¡Asesinos!—jalearon las voces de los furiosos padres de las víctimas.
Cabeza gacha y manos esposadas, salí a un patio en el cual, por fin pude sentir el tabaco entrando en mis pulmones y la luz de un nuevo día saliendo de mi vida, para dar paso a los barrotes oxidados de una prisión.

Las imágenes volvían a mí en fogonazos que abrasaban mi conciencia. Las risas despreocupadas de los estudiantes y el tintineo de unos abalorios contra los cierres de la mochila de una chica de mi curso. Los timbres anunciando el comienzo del recreo, el taconeo incesante de las chicas de último curso y los improperios jocosos vertidos entre los chicos que con bravuconería ensayada se empujaban contra las taquillas de metal. El susurro aterciopelado de ella ensordeció el resto, solo podía escuchar…--hagámoslo—como si de un simple juego se tratase, casi podía ver mi cuerpo desde fuera, como si realizase un viaje astral, similar a cuando controlaba mi avatar en un juego de ordenador.

Sacar, coger, abrir, cargar y disparar. Tantas veces lo había visto en el cine, que ya no me impactaba. La escena frente a mí era escalofriante. Gritos de pánico, que hubiesen resultado ensordecedores se escuchaban lejanos, como si una pantalla de metacrilato me separase de ellos, una mano ensangrentada se escurría por mi antebrazo y el retroceso del arma provocó que me diese con la espalda contra una taquilla.

La arpía de bellas facciones volvió a susurrarme con regocijo –aún no hemos terminado, y yo llevo la delantera, cógeme si puedes—dijo sonriendo divertida y cargando la recortada que con premeditación había escondido bajo el colchón de la casa de la montaña, mientras me instaba a robar al otro arma de mi padre.

La joven de cabello castaño y mirada inocente alzó las manos a modo de protección, pero de nada la sirvió al alojarse una bala en su hombro, ensangrentando su hermoso suéter color rosa. Calló abatida contra la puerta de cristal atravesándola ante el horror de una pareja que intentaba esconderse bajo una mesa del comedor al que daba acceso. El chico, visiblemente mayor, se puso delante de ella, una chica de aspecto aniñado y rodillas temblorosa. Aunque intentaba protegerla, poco podría hacer si una de las balas se hundiese en su pecho.

--Tu turno amor—me dijo inclinando mi arma con la suya hacia ellos. No pude disparar, un instante de lucidez vino en mi busca y contemplé el horror en toda su magnitud, por un instante, sin encontrarme bajo los efectos de lo que hubiésemos estado tomando. Pero ella montando en cólera, disparó, tras unos segundos un grito desgarrador resonó en la estancia, por suerte habría gastado su último cartucho y la policía entraba arma reglamentaria en mano en nuestra búsqueda. Sus ojos lo decían todo, decepción, rabia, impotencia y un atisbo de culpabilidad. Siempre habrá algunos que culpen a los videojuegos, al cine o al rol de esto y en cierto modo a la sociedad de la que son parte, pero la verdad es que en la naturaleza de mi bella compañera convivían flor y depredador como en la más exótica de las plantas carnívoras…

Exhalé un suspiro a la par que el humo del cigarrillo, ya consumido entre mis amarillentos dedos. La miré y lo supe, entonces dejándome inundar por el dolor, el resentimiento, el miedo, la culpabilidad y los recuerdos me di cuenta… Ella me había enredado en su juego, alterando mis sentidos, nublando mi juicio. Su sonrisa antes encantadora, se tornó diabólica y en un cristal polvoriento de la puerta que me llevaba a 20 años de reclusión, pude ver el rostro de un monstruo, aquel en el que me había convertido.

Aún me levanto y lavo mis manos 50 veces hasta que siento las yemas de mis dedos arder, deseando así limpiar la sangre que corrieron por ellas y aún intento quitarme la vida, tantas veces al día como personas hice sufrir. Aquellos chicos, sus padres, sus amigos, sus allegados y…mi familia que sufrirá la vergüenza hasta su muerte.
Pero mi destino es acabar mis días entre estas cuatro paredes, avergonzado, humillado, denostado, hundido, pues una muerte ahora sería mi salvación.

Llega la noche y cuando mis ojos no aguantan más y el sueño me vence regreso a aquellos pasillos, en ocasiones la pesadilla se repite y yo grito intentando pararlo, pero tan sólo soy un espectador impotente en la trama. Otras, sin embargo, consigo enmendar mi crimen, pero eso es algo que sólo pasa de noche pues cada día la losa de la realidad cae sobre mí a plomo, como los rayos del sol en el desierto sobre un moribundo, recordándome que el pasado nunca vuelve y el futuro es de los que se lo ganan.

Lucía Arca Sancho-Arroyo

Tapecum Lucidum

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Estaba ebrio, sentado en una vieja butaca de cuero negro. Su mirada había quedado perdida y fija sobre el felino, que al mirar sus ojos cayó desplomado sobre el suelo. Su cuerpo comenzó a moverse de una manera extraña, retorciéndose de dolor. De sus fauces brotaron largos y lastimeros maullidos.

La penumbra inundaba la sala cuya única iluminación procedía de un gran velón que estaba sobre una mesita, junto a la butaca.

El cuerpo del gato quedó inmóvil, tendido frente al fuego de la chimenea. Su pelaje erizado. Las llamas se reflejaban en sus ojos abiertos color sangre. Tenía la boca entornada, un hilo de babas y espuma caía de ella resbalando sobre las baldosas.

Juan se levantó del sofá estrellando la botella de absenta contra el suelo. Algo impedía que pudiera alejar su mirada de los ojos del gato que todavía brillaban como bolas de fuego.

Desde aquella noche no volvió a ser el mismo, sus sentidos se habían agudizado. Podía percibir lo que el ser humano nunca ha llegado a percibir. Lo atraían los olores fuertes y sus uñas crecían. Todo empeoró cuando comenzó a asesinar roedores cruelmente. Hincaba sus dientes sobre ellos y los engullía cuando aún estaban vivos; también se alimentaba de cucarachas e insectos y sentía cada vez mayor aversión por la comida que consumía normalmente. Sentía miedo de volverse loco. El alma del felino estaba dentro de él, se había apoderado de la suya, y sus ojos… El tapetum lucidum se había creado detrás de su retina y sus ojos brillaban en la noche.

Cuando la luna dejaba caer su manto de plata Juan sufría terribles visiones, pues era capaz de ver espectros y sombras ajenas al ojo humano merodeando por las habitaciones de su propia vivienda. Entonces sólo era capaz de recordar aquellos ojos de gato…

Cristina Puig

La verdadera amistad


No sé por qué me olía pero eso no salió bien. No sabía que podía llegar a tener tan mala puntería con la amistad, con escoger a personas que ya sabía que no me convenían, no llegué a comprender que hay personas con las que sólo puedes tener una relación de ser ``colegas´´ y ya está, ¡pero no!, de eso me doy cuenta ahora, después de haber pasado un momento tan amargo.

Justamente ahora se me ocurre aprender esto, ¡podría haberlo aprendido hace un año!, pero no, todo tiene su tiempo, su momento, y su lugar. Es doloroso aprender que no cualquiera puede ser tu amigo, pero cualquiera puede ser tu colega. Qué lentos somos los humanos para darnos cuenta de esto, y precisamente lo entendemos cuando nos pasa algo grave y ves quién está allí y quién no. Pero sin rencor digo que aquellas chicas fueron simplemente mis colegas y no mis amigas, y yo fui, a decir verdad, un poco tonta al no darme cuenta de los límites con las personas, y las tomé como si fuesen mis amigas del alma, pero la culpa fue mía, no de ellas, porque ellas me veían de una forma, y yo no capté el mensaje de querían sólo ser colegas mías, pero bueno soy así qué se le va hacer, tengo un temperamento un poco meloso y sentimental, aunque esto me enseña a quiénes debo escoger como amigos y a quiénes no. Gran lección a basaede golpes con la vida ¡jajajaja!.

Pero en fin, muchas veces hemos escogido mal a los amigos, a veces es evidente que las compañías no son ejemplares, pero otras como es el caso de los colegas, te dejas llevar y metes la pata, porque es una línea que has cruzado y no deberías haberlo hecho.

He llegado a la conclusión de que la amistad es, en mi opinión, aquello que en lo que te apoyas para no caer, aquello que te levanta si te caes, son aquellas personas que están en los momentos más dulces y más amargos de tu vida, son aquellas personas por las que incluso estarías dispuesto a dar tu un trozo de tu vida, y viceversa, son aquellas personas que sientes que te aman y que nunca, nunca, nunca te harán daño intencionadamente, sino que siempre te protegerán y te darán cobijo si lo necesitas, son aquellas que te han dejado pasar el límite de colegas para llegar a ser amigos, son aquellas que te apoyan, que te abrazan cuando lo necesitas, con las que tú quieres estar y ellas contigo, son a las que eliges siempre para ir a tomar un café y hablar de cosas que les das más o menos importancia, y así podría escribir mil páginas sobre la verdadera amistad, y además qué importante es tener a alguien que te sujete en la lucha, qué bueno es que alguien lleve tus cargas cuando no puedes con ellas, qué bueno es que alguien te sepa perdonar y tú a él o a ella, qué bueno es poder abrazar a alguien que sabes que quiere abrazarte a ti también, qué bueno es poder reconciliarse cuando hay conflictos... ¡Qué hermosa es la amistad! Y ¡Cuán hermoso es tener amigos que son de verdad!

Agustina Costa Vilches

viernes 18 de diciembre de 2009

El ratoncito que quería tocar la luna

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Hubo un día un ratoncito
que quiso tocar la luna,
pero no sabía cómo hacerlo
y lo deseaba con premura,
así que le preguntó a Don Búho
marido de Doña Lechuza
y el Señor Búho le dijo
que no habría forma alguna
que un ratón no tiene alas
y que, sin ellas,
nunca podría tocarla,
porque sin alas no se puede volar
y sin volar era imposible
que un ratón la luna pudiese tocar.

Y el ratón se puso triste
y se puso a sollozar
y le oyó el hada del bosque
y le preguntó por qué lloraba
y el ratoncito, lloroso, le contó qué le pasaba,
nunca podría volar
porque no tenía dos alas.

El hada quiso saber
por qué un ratón quería dos alas
y el ratón le contó que
tocar la luna anhelaba.
El hada sonrió dichosa
y arrugó la naricilla
obrando en el ratón su magia
girando así su varita.

Hoy, en noches de luna llena
y de cielos estrellados,
cuando hasta los búhos duermen
y los lobos se han callado
los revoltosos murciélagos
juguetean con las hadas

¿Y sabes qué son los murciélagos?
Son ratoncitos con dos alas.

Javier Fernández Jiménez

lunes 14 de diciembre de 2009

La habitación de los placeres



Qué noche más extraña, noche extraña en la que extraño tantas cosas, qué vida más caprichosa que te da y te quita a voluntad propia, dicen ser pruebas del humano en la existencia, el camino hacia la meta, pero y cuál es la meta…

Sin dormir doy vueltas, sin saber si es fruto de las preocupaciones que a puñaditos me fui dejando caer en la cabeza, quizá sea obra del tabaco, de un paquete vacío que tan cansado como yo se quedó dormido en el suelo, extraño ahora el humo de la tranquilidad.

En medio de un balance interior, a medio camino entre el cielo y el infierno, sin saber si soy ángel o demonio, quizá no me gané las alas pero tampoco maté a nadie, ¿quién me las negará?

Un paseo en la oscuridad por la casa vacía, sin ninguna luz que me enfrente con un espejo, es la vía de escape, la amplitud que necesito.



-Os recomiendo leer completo este relato corto de nuestro amigo alicantino Manuel Alejandro, la verdad es que es muy sorprendente e imaginativo, además, os sentiréis de lo más cómodos a través de sus páginas, ya lo veréis. Si os lo leéis y queréis decirle algo a Manuel, podéis hacerlo PINCHANDO AQUÍ.

jueves 10 de diciembre de 2009

Donde viven los monstruos

Espero que nadie nos denuncie por publicar esto... nosotros nos lo hemos encontrado en un Blog y nos parece muy interesante, así que os dejamos aquí el cuento de Maurice Sendak, aunque espero que, si os gusta, os compréis un ejemplar.



La noche que Max se puso un traje de lobo y comenzó a hacer una travesura

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tras otra

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su mamá le dijo: “¡ERES UN MONSTRUO!”
y Max le contestó: “¡TE VOY A COMER!”
y lo mandaron a la cama sin cenar.

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Esa noche en la habitación de Max nació un bosque

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y el bosque creció

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y creció hasta que el techo se cubrió de enredaderas
y las paredes se transformaron en el mundo a su alrededor

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y de repente apareció un océano y Max navegando en su bote
y navegó día y noche

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durante varias semanas
y casi más de un año
hacia donde viven los monstruos.

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Y cuando llegó al lugar donde viven los monstruos
éstos emitieron unos horribles rugidos y crujieron sus afilados dientes
y lo miraron con ojos centelleantesy le mostraron sus horribles garras

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hasta que Max dijo: “¡QUIETOS!”
y los domó con el truco mágico
de mirarlos fijamente a los ojos sin pestañear y se asustaron tanto
que dijeron que él era el monstruo más monstruo de todos

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y lo nombraron rey de todos los monstruos.
“Y ahora”, gritó Max, “¡que comiencen los festejos!”

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“¡Basta ya!” gritó Max y ordenó a los monstruos que se fueran a la cama
sin cenar. Y Max el rey de todos los monstruos se sintió solo y deseó
estar en un lugar donde hubiera alguien que lo quisiera más que a nadie.
De repente desde el otro lado del mundo
le llegó un rico olor a comida
y renunció a ser rey del lugar donde viven los monstruos.

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Pero los monstruos gritaron: “¡Por favor no te vayas-
te comeremos- en verdad te queremos!”
A lo cual Max respondió: “¡NO!”
Los monstruos emitieron unos horribles rugidos y crujieron sus
afilados dientes y lo miraron con ojos centelleantes y le mostraron
sus terribles garras pero Max subió a su bote y se despidió de ellos

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y navegó de regreso casi más de un año
por varias semanas
y durante todo un día

hasta llegar a la noche de su propia habitación
donde encontró su cena

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que aún estaba caliente.

Dos mujeres y un destino

Carmen Recio, de Villa del Prado, fue la ganadora del penúltimo premio Edebé de Microrelato, cambió levemente la frase con la que debía comenzar y se alargó un pelín más de lo pedido, pero como fue la única en participar, no vamos a hacer ascos ¿no?

Esperamos que os guste, la verdad es que es un relato muy divertido.


Esperaban verle, pero no llegó.

La cita era a las 5, no de la tarde (hora taurina, hora del té, horaaa... deee... bueno) ¡¡¡Era a las 5 de la mañana, que horror...!!!! ¿Hora de... dormir? ¡¡Vaya horas de tener una cita!!

Clavadas las dos florecillas media hora antes de la cita, Rosa y Margarita esperaban al hombre que había quedado con ellas días antes.

Marga no tenía dudas, aunque Rosa, más escéptica, algo raro veía en todo esto. Los días de asueto pasaron para las dos amigas de forma relajada, disfrutando de los paisajes y las playas de Lagos. Apenas tocaban el tema de la cita, quizá para no despertar en la otra sensación de inseguridad, de extrañeza, ante lo raro de la situación.

No obstante allí estaban, esperando. Según pasaba el tiempo y la hora se acercaba, empezaron las desconfianzas y los temores. Ya no había duda, a las dos florcillas las habían dejado plantadas. Para más recochineo: “Como un par de ilusas, en una ciudad lusa”.

Mientras buscan alternativas al plantón, entra en escena un excéntrico jinete, que las aborda de forma simpática, a pesar de lo molesto de la situación. Entre flores, caballo y caballero se origina una escena un tanto surrealista.

¿Por qué les sucede todo esto en este momento, si no tienen el cuerpo para requiebros?

A la vez, de forma paralela, otro salvador se incorpora al cuarteto (el taxista que las llevó al lugar de la cita) .

Se extraña ya que hace tiempo que las dejó allí. Horror!!!! No sólo las dejan plantadas sino que, además, alguien más que ellas lo ha notado!! Que vergüenza¡¡¡

En fin, hay que reponerse, reaccionar. Ellas agradecen la amabilidad de los dos caballeros pero deciden ir solas en busca de su destino.

Moraleja no te fíes de algunas agencias, ni de conductores listillos ni de..... furgonetas blancas.


Carmen Recio
25 de noviembre de 2009